La beata timadora

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Existe en la ciudad de Plasencia, en la gloriosa provincia de Cáceres, una señora llamada Rosario, a la que todos conocen por Charo. Siempre fue ella muy dada a la iglesia, y merodeó, desde joven, todas las sotanas que pudo. Los curas la atraían. Seguramente que no era una atracción sexual, tal y como parece insinuar la rotunda afirmación que he hecho, pues ella era una mujer felizmente casada. La atracción clerical que sentía la señora se debía, más bien, según contaba ella misma, a su instinto maternal: Aquellos hombres que vivían solos, sin que apenas supieran freírse un huevo, hacían que sus ansias de protección se apropiasen de su voluntad, sintiendo una imperiosa necesidad  de acercarse a ellos, ofrecerse a ayudarlos y convertirse, sí o sí, en el centro de sus vidas. Aquellas almas desvalidas reclamaban a voces sus cuidados.

Charo no vivía mal, pero tenía muchos gastos. Sus hijos la hicieron enseguida abuela, ya que aprendieron a copular pronto y mal, mucho antes que a mantener una casa, y ella y su marido tuvieron que cargar con la crianza de sus nietos no planificados y el mantenimiento de sus hijos parados, por lo que su economía zozobraba mes tras mes. Era pensionista, al igual que su marido, por lo que sus recursos económicos no eran muchos, pero, a pesar de todo, había acogido en su casa una boca más, sumando a las de los nietos e hijos la de un cura anciano que, debido a la falta de vocaciones de éste siglo, se veía obligado por su obispo a renunciar a la jubilación y a gestionar, de propina, varias parroquias de diversos pueblos remotos de la provincia, labor que le tenía siempre de viaje y falto de un lugar de referencia al que pudiera llamar hogar. Éste sacerdote, a pesar de que tenía un pisito en propiedad en la misma ciudad,  solamente lo usaba como dormitorio, por culpa de sus muchas obligaciones, y  tan cansado estaba de de viajar de una punta a la otra de la provincia, que comenzó a quedarse a comer en casa de Charo diariamente, tras aceptar la generosa oferta que le había hecho ella al finalizar una de sus misas, al quejarse él de que no tenía tiempo siquiera de prepararse la comida.

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El descanso tiene que ser así.

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Turistas.

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Cambio de vehículo.

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Los pájaros… mirando al mar.

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Los americanos le ponen números, nosotros descripciones.

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Gato gatuno.

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