Cuando a principios del siglo XX se comenzó a poner en los domicilios los primeros teléfonos, la gente se quejaba de que se pudiesen recibir llamadas a cualquier hora (era un atentado a la intimidad de la familia). Con los móviles nos quejábamos de que se pudiesen recibir llamadas en cualquier lugar (en la fiesta, cuando mejor lo estabas pasando). Ahora no solo recibimos llamadas a cualquier hora y en cualquier lugar, sino las imágenes, los pensamientos (mas o menos “profundos”) y todas las chorradas que se le puedan ocurrir a cualquiera. Nos pita el móvil cada 5 minutos ¡y no se queja nadie! Asombroso. En esta sociedad moderna e individualista, aguantamos lo que sea por una mínima sensación de comunicación.
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