El mito de conocerse a uno mismo

 Sergio Parra 6 de julio de 2010

Algunas religiones, corrientes filosóficas y libros de autoayuda suelen afirmar que el ser humano debe conocerse a sí mismo, explorar su interior, examinar su alma y sus pensamientos. De esta manera, cualquiera adquiere más sabiduría, sabe hasta donde puede llegar… quién es, en suma.

Mucha gente emprende viajes iniciáticos para obtener este mismo fin.

Sin embargo, a la luz de la moderna psicología, ¿todo esto tiene algún sentido? Pues no demasiado.

La introspección y la mirada interior, el enfrentarse a los monstruos interiores, no tiene mucho sentido porque tendemos a sufrir ilusiones ópticas, tanto reales como figuradas. Creemos entendernos a nosotros mismos cuanto más buceamos en nuestro interior, pero eso no es posible porque todos nos rodeamos de edificios teóricos fundados en mitos culturales y dogmas, en estereotipos tomados de oídas y en explicamos falsas pero ampliamente divulgadas y admitidas.

Una buena analogía sobre los errores que cometemos con nuestra mirada interior es la mirada exterior que postula intuitivamente que el Sol gira alrededor de la Tierra, cuando lo cierto es que es al contrario.

Conocemos deficitariamente los móviles de nuestros actos. Somos unos desconocidos de nosotros mismos, como afirman los profesores de psicología Richard Nisbett, de la Universidad de Michigan, y Timothy D. Wilson, de la Universidad de Virginia.

Para demostrar esto se han realizado numerosos experimentos, como el que trataba de analizar el grado de disposición que tenemos para socorrer al prójimo. Cuando menos testigos hubiera en una supuesta situación de emergencia, los participantes se mostraban más dispuestos a prestar ayuda. Si había muchos testigos, entonces dejaban de hacerlo.

Pero lo interesante vino al interrogar a esos sujetos sobre su disposición de ayudar: nadie sabía que su conducta dependiera de la presencia o no de unas terceras personas. Y cuando se les demostraba esta evidencia, lo negaban obstinadamente.

También nuestro estado de ánimo depende del entorno de una forma en la que no somos demasiado conscientes, como han demostrado las fuertes correlaciones entre estado de ánimo de mujeres durante diferentes días del mes y los factores externos como el tiempo atmosférico y el día de la semana. Cuando luego se les preguntaba a las mujeres qué factores creían ellas que habían influido en su estado de ánimo, no acertaban.

Ellas decían cosas como “no he dormido bien”, lo cual no influía tanto como el día de la semana, por ejemplo. Ante lo cual, Nisbett y Wilson concluyeron:

El material recogido justifica el mayor pesimismo en cuanto a la capacidad humana para describir con exactitud los propios procesos mentales.

Frente a otros estudios semejantes, el filósofo Adolf Grünbaum declaró muy atinadamente:

Es inútil y erróneo preguntar a los sujetos en análisis por qué ha mejorado su estado. Pues ni siquiera después de un análisis concluido con éxito tienen esas personas un acceso privilegiado a los mecanismos reales que han producido el cambio de estado.

A este respecto, podemos entender mejor cómo funciona la inteligencia intuitiva. A menudo creemos que un juicio ponderado y reflexivo dará mejores resultados a la hora de escoger una opción. Pero eso ocurre porque consideramos que entendemos todas las concatenaciones que nos rodean, incluidos los procesos de nuestra mente. Lo cual no es cierto.

Así pues, en un estudio, el psicólogo Timothy D. Wilson dijo a sus voluntarios que debían valorar muestras de mermelada de fresas. La primera vez, de golpe, sin pensarlo demasiado. La segunda vez, con tiempo y reflexión.

El resultado fue que los juicios de primera impresión concordaron mejor con la calidad evaluada a criterio de unos profesionales consultados. Por el contrario, los que se lo pensaron mucho se apartaron cada vez más de la opinión de los expertos.

Malcolm Gladwell tiene un estupendo libro lleno de ejemplos de experimentos de este tipo: Inteligencia intuitiva.

La conclusión, por tanto, es un poco aterradora: a veces es mejor no pensar demasiado y dejarnos llevar por el modo “zombi”. Bucear demasiado en nosotros mismos puede ser tan peligroso como hacerlo en las negras aguas de un océano lleno de tiburones.

Vía | Falacias de la psicología de Rolf Degen

"El que duerme bien, estudia mejor"

"El que duerme bien, estudia mejor"

Un estudio llevado a cabo en Estados Unidos concluye que los estudiantes adolescentes mejorarían significativamente su motivación y su atención si sus clases comenzaran más tarde.

El experimento se llevó a cabo con 200 alumnos de una escuela secundaria a los que se les concedió 30 minutos más de sueño, al retrasar el inicio de la jornada escolar hasta las 08.30 horas.

Después de los cambios, el número de alumnos que decían sentirse infelices o deprimidos descendió un 30%, el de los que experimentaban molestia e irritación cayó un 25% y el de quienes sentían cansancio se redujo un 30%.

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En el estudio publicado en la revista Archivos de Pediatría y Medicina Adolescente, los autores abogan por un retraso en los horarios de entrada de los adolescentes a la escuela.

El cambio de horario que los investigadores aplicaron al internado St. George's School, en Rhode Island, en el noreste de EE.UU. ya ha sido experimentado por un reducido número de escuelas del país.

Sueño profundo

"Una cantidad creciente de estudios demuestran que cambiar los horarios de las escuelas de secundaria sería bueno para los adolescentes"

Editorial de Archivos de Pediatría y Medicina Adolescente

Investigaciones previas habían indicado que los ciclos de sueño se retrasan hasta dos horas con la llegada de la adolescencia y que lo ideal es que los estudiantes de esta edad duerman entre nueve y nueve horas y cuarto, según el periodista especializado en ciencia de la BBC Eric Camara.

Los autores del estudio apuntan en la revista que aunque parezca poco tiempo, un retraso de 30 minutos puede tener un gran impacto. Explicaron que los adolescentes están en la fase de sueño más profundo al amanecer, justo en el momento en que se levantan para ir a clase.

Interrumpir el sueño en ese momento les causa somnolencia durante horas, en especial si se tiene en cuenta que también tienen problemas para dormir antes de las 23.00 horas, señalaron.

clic Lea: La falta de sueño provoca los cambios de humor de los adolescentes

Un editorial publicado en la revista afirma que "una cantidad creciente de estudios demuestran que cambiar los horarios de las escuelas de secundaria sería bueno para los adolescentes".

Los autores del estudio reconocen, sin embargo, que aplicar el cambio en los centros escolares tiene la dificultad de compatibilizar el nuevo horario con la jornada laboral de los padres, un problema que no presentaba el internado objeto del experimento.

clic Lea: Los videojuegos tienen poco impacto en el sueño de los adolescentes


http://www.bbc.co.uk/mundo/ciencia_tecnologia/2010/07/100705_0108_adolescentes_escuela_secundaria_retraso_entrada_fp.shtml

El efecto Werther: cuando el suicidio se vuelve contagioso

Uno de los momentos más sublimes de la serie de animación Futurama (hay tantos que podría pasarme el día enumerándolos) tiene lugar justamente en el primer capítulo. La serie transcurre en el año 3000 y en Nueva York es ya habitual encontrarse con Cabinas de Suicidio, cuya forma exterior recuerda sospechosamente a una cabina telefónica. Fry, el protagonista, entra en una creyendo de hecho que se trata de una cabina telefónica, y entonces una voz robótica le pregunta qué clase de suicidio desea, si rápido o lento y doloroso.

Fry contesta que sólo quiere realizar una llamada a larga distancia. La voz robótica dice: ha escogido lento y doloroso.

Tal vez esta escena pudiera parecernos una exageración: es imposible que en el año 3000 se haya puesto de moda el suicidio hasta el punto de que existan cabinas para hacerlo a disposición del transeúnte. Pero tal vez no es una idea tan disparatada como parece. Sobre todo si echamos un vistazo al efecto Werther.

El efecto Werther toma su nombre de la novela de Goethe Las penas del joven Werther, publicada en 1774, una novela muy leída en su día por la juventud, que empezó a suicidarse de formas que parecían imitar la del protagonista. De hecho, las autoridades de Italia, Alemania y Dinamarca la prohibieron por esa razón.

El nombre de este efecto de contagio de incluso una tendencia autodestructiva (bueno, el reaggeton también lo es y mirad cómo prolifera) la acuñó el sociólogo David Phillips en 1974, que demostró que el número de suicidios se incrementaba en todo EEUU durante el periodo transcurrido entre 1947 y 1968 justo al mes siguiente de que apareciera en la primera página del New York Times alguna noticia dedicada a un suicidio.

Este contagio a través de los medios de comunicación incluso ha obligado sugerir al Centro de Control de Enfermedades (CDC) cómo deberían publicarse las noticias de suicidios para que no resulten tan potencialmente contagiosas. Por ejemplo, omitiendo todos los elementos personales que pudieran inspirar la compasión del lector. Tampoco se debe sugerir que el suicidio ha contribuido en modo alguno a resolver los problemas del suicida.

Algo parecido ocurrió en Viena, cuando una pléyade de psiquiatras intervino en la forma en la que se daban las noticias para evitar la fiebre de suicidios que se producía desde 1978 en la capital austriaca, desde poco después de que se inaugurara la red de metro: un atractivo para muchos que se lanzaban a las vías.

En 1987, tras este repaso a la forma en que se ofrecían las noticias, los intentos de suicidio descendieron de inmediato.

Algo curioso que se desprende del estudio de Phillips es que el contagio del suicidio se da con más fuerza entre la gente joven. Basta echar un vistazo a la juventud japonesa:

En el bosque de Aokigahara, bajo el monte Fuji, aparecen anualmente decenas de cuerpos de suicidas de jóvenes. Sólo en 2002 se recogieron 78 cadáveres, cinco más que en 1998, año en el que se batió el récord. Porque suicidarse en el bosque de Aokigahara está terriblemente de moda. Porque suicidarse incluso puede tener connotaciones cool, in o chupiguay.

En Asia se lo toman incluso con humor, por eso se diseñó un mapa con los lugares más apropiados para suicidarse en la ciudad de Shangai, acompañados de simpáticos dibujos explicativos.

La mayoría de los suicidas son hombres, excepto en China y el sur de la India, donde las mujeres jóvenes ganan por goleada mortal a los hombres. En el mundo hay un suicidio cada 40 segundos: mueren más personas por esta causa que por conflictos bélicos.

Los suicidas, por lo general, sienten predilección por los puentes. El Golden Gate, de San Francisco, tiene un censo suicida de 1.500 cadáveres, seguidos por el viaducto del Príncipe Eduardo de Toronto y el Aurora Bridge de Seattle.

Como prueba de ello, cuando crucemos el Golden Gate, por ejemplo, no percibiremos nada especial. Es un puente seguro, recorrido diariamente por miles de personas y vehículos. Pero las autoridades han colocado carteles para disuadir la afición suicida. En uno de ellos podemos leer Crisis Counseling. There is hope make the call. The consquences of jumping from this bridge are fatal and tragic (Las consecuencias de saltar de este puente son fatales y trágicas).

En la próxima entrega de este artículo os hablaré de otros brotes suicidas y de la influencia que causa en nosotros que alguien próximo a nosotros decida quitarse la vida… sobre todo si somos adolescentes.